Celaya, 7 de noviembre del 2019.- 

Hace unos días pedí a dos grupos universitarios de diferente especialidad que leyeran y
comentaran un relato breve sobre un naufragio. Se trataba del mismo texto. No obstante, en
ambos grupos surgieron dudas sobre el significado de las mismas palabras. Desconocían
vocablos como acaudalado, orla, cesó (verbo conjugado), bajel, don (habilidad) y alguna que
otra palabra más.
En su mayoría, palabras anteriores son de uso común; lo que no sucede con bajel y orla, que
pertenecen a un lenguaje más especializado.
Evidentemente, desconocer el significado de esas voces hizo incomprensible el texto. Pero a
esa pobreza del idioma, yo añadiría otros aspectos.
El libro de Metodología del Aprendizaje del sistema de preparatoria abierta (SEP) expone un
dato francamente grave: las personas en promedio usan solo 250 palabras en su vida
cotidiana. El Diccionario de la lengua española, DLE, elaborado por las Academias de la lengua
contiene más de 100 mil palabras definidas (no son todas las voces, porque están ausentes las
de materias especializadas). Cada una de ellas cuenta con varias acepciones. Ello representa
que la mayoría de gente mexicana vive con apenas el 0.25 % de la riqueza de vocabulario con
que cuenta el español. Recuerdo que en una publicación en Internet se aseguraba que en
Argentina ese promedio baja a 200. El promedio no se elevaba para otros países. No recuerdo
la confiabilidad de la fuente, pero ello significa que ni siquiera usamos el 1 % de las alternativas
que nos da el idioma en todo Latinoamérica.
Si al desconocimiento de palabras añadimos que se presta poca atención a la ortografía; el
asunto se complica una enormidad. Me refiero a que una línea del texto ofrecido a los
universitarios dice: «Las condiciones hicieron que el náufrago considerara muy seriamente su
situación…» y en vez de considerara (tiempo subjuntivo) los lectores interpretaron
considerará. La oración con esa conjugación supuesta dejó de tener sentido. Los muchachos
están acostumbrados a poner tonos en las palabras acorde a su familiaridad. Como han dejado
de recurrir a las tildes o acentos gráficos en la mensajería personal, entonces recurren a la
experiencia y suponen una lectura, cuando la realidad es otra. Es decir, que a la pobreza de
vocabulario se añade el raquitismo en las conjugaciones verbales.
Un escollo más es la puntuación. Una coma puede cambiar el sentido total de la oración. No es
lo mismo «Enrique se cayó» a «La queja, se atendió en tiempo y forma». La segunda oración
sin la coma se interpreta que la misma queja se atendió a sí misma; con la coma, se
comprende que hay cambio de orden: «Se atendió en tiempo y forma la queja».
Pero he puesto un ejemplo con coma. Lo mismo puede suceder con otros signos de
puntuación. Recurro a la coma por ser el más común en su uso y abuso.
Una lectura de comprensión obliga al lector a interpretar cada enunciado u oración de
cualquier texto. Ello incluye la ortografía, el significado de cada palabra y la estructuración

–acorde con una puntuación impecable–. Solo de esa forma podría interpretarse
correctamente un contenido. Pero para lograrlo es necesario ejercitarse. Leer documentos
bien escritos lo garantiza, no así los textos en redes sociales y mensajería personal.
La lectura enriquece el vocabulario.
La experiencia referida es universitaria. Pero, como profesionistas ya en ejercicio, si se tratara
de un documento mediante el debieran tomar decisiones, el asunto podría acabar en desastre.
Los riesgos no son mínimos. Por eso, quien no lee regularmente, pone en riesgo su futuro.
Disponer de más alternativas para expresarse y para entender un texto, siempre es
recomendable.